Desde que era pequeña siempre escuchaba y también veía que cuando alguien te da algo —sea un favor o algo material— muchas veces es a cambio de algo: otro favor, guardar un secreto o apañar alguna situación.
De alguna manera crecí con esa idea, y con el tiempo se transformó en una forma de desconfianza.
Sin darme cuenta, empecé a sentir que cuando alguien me ofrecía algo siempre había un interés detrás. Esto me llevaba a analizar demasiado las situaciones: preguntarme por qué me daban algo, qué esperarían a cambio o qué vendría después.
Con la meditación comprendí que aprender a recibir también es un acto de confianza. No todo en la vida viene con una intención escondida. A veces la vida simplemente nos ofrece algo: una ayuda, un gesto, una oportunidad.
Hoy intento recordarme que recibir no me hace débil ni me pone en deuda. Recibir también es permitir que la vida fluya, es abrir espacio a la gratitud y confiar un poco más en las personas y en el camino.