Tengo tres hijos y, como muchas madres, dediqué gran parte de mi vida a ellos. Estuve presente en su crecimiento, en sus estudios, en sus necesidades y en todo lo que podía ayudarles.
Cuando mi hijo mayor se fue de casa, fue muy difícil para mí. Lloraba todos los días y pensaba constantemente en cuándo volvería. Aunque sabía que tenía trabajo, salud y que estaba bien, sentía un dolor muy grande. Llegué a pensar que tal vez ya no volvería a verlo como antes.
Con el tiempo, me di cuenta de que estaba sufriendo por el apego.
Llegué a la meditación gracias a mis hijos, quienes comenzaron a practicar antes que yo. Al conocer el método de limpieza mental que enseña el maestro Woo Myung, fui comprendiendo, poco a poco y de manera muy práctica, que uno puede vivir en paz sin aferrarse o apegarse a las personas, al dinero o a las situaciones.
Mis hijos siguen estando en mi vida, pero aprendí a relacionarme con ellos de una manera diferente. Antes esperaba que me llamaran, que estuvieran pendientes de mí o que se preocuparan por mí; si eso no ocurría, sufría.
Hoy ya no vivo con esa expectativa. Puedo hacer mi vida, disfrutar de mi tiempo y sentirme tranquila. Cuando compartimos momentos juntos, los disfruto con gratitud y no desde la necesidad.
Nuestra relación también cambió. Antes era más difícil conversar porque había molestias o resentimientos acumulados que no se expresaban. Ahora podemos hablar abiertamente de cualquier tema, con mucha más confianza y comprensión mutua.
Hoy me siento feliz al ver que mis hijos son independientes, trabajan y han construido su propio camino.
A las madres que están pasando por algo parecido, les diría que la meditación ayuda muchísimo. A mí me enseñó que amar no significa depender. Hoy sigo amando profundamente a mis hijos, pero sin el sufrimiento que antes me acompañaba. Por eso, me siento profundamente agradecida con este camino.